La Arquitectura

Dentro del entramado de los sistemas hidráulicos presentes en el valle de Lecrín, los molinos son parte fundamental de la vida y el paisaje de la comarca. Los molinos hidráulicos, debido a la necesidad de contar con la fuerza motriz del agua para su funcionamiento, son construcciones ligadas a las acequias, lo cual lleva a concluir que sus estructuras, cimentaciones y canalizaciones en gran medida pudieran datarse en época medieval en los casos de construcciones de mayor antigüedad. Efectivamente, debido a que los materiales empleados en la construcción de los molinos no era de gran dureza, en la mayoría de los casos no podemos contar con la edificación original, puesto que o bien ha desaparecido por completo o bien ha sido remodelada o reconstruida para otros usos, pero la rigidez y la dureza de los materiales que exigen las canalizaciones nos permiten hoy seguirles el rastro.

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Los molinos siempre han estado íntimamente ligados a la vida cotidiana por su papel fundamental en la elaboración de alimentos básicos como el pan o el aceite de oliva a partir de la molturación de cereales o frutos. Desde tiempo inmemorial, el hombre ha ideado máquinas y artilugios para llevar a cabo esta tarea, de ahí su abundancia, importancia y diversidad. Pero no podemos reducir estas construcciones a meros artefactos para moler ni tampoco a simples negocios, porque en el mundo agrario se convirtieron en auténticos centros neurálgicos debido a las transacciones y a la actividad social que en ellos tenía lugar.

Desgraciadamente, la mayoría de estas construcciones preindustriales quedaron obsoletas por la irrupción de la energía eléctrica a finales del siglo XIX. Ésta transformó poco a poco la estructura de los molinos y almazaras hasta sustituir su antigua maquinaria por máquinas más rápidas y eficientes. Así, molinos cuyos modos de producción se había mantenido intactos durante siglos se convirtieron rápidamente en edificios que acabaron por caer en el olvido. El avance del desarrollo urbanístico que tiene lugar en la segunda mitad del siglo XX en las zonas rurales acabó por hacerlos casi desaparecer.

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En los últimos años hemos asistido a una tendencia de recuperación de este patrimonio en toda la península. Como bien apunta Andrés Arrambarri: «Los escasos restos de maquinaria oleícola y harinera centenarias (prensas de viga y de torre, molinos de piedra, etc.) que todavía quedan en pie son auténticos fósiles de una tecnología preindustrial, un sistema económico puramente agrario, una forma de vida cotidiana y unas faenas agrícolas tradicionales que ya pertenecen al pasado de nuestra cultura. Su total desaparición provocaría un insalvable vacío entre la cultura protoindustrial y la tecnología contemporánea».

Aunque con diversas oscilaciones, en general la presencia de molinos aceiteros y harineros en la zona es una constante, aunque resulta relevante la proliferación de los molinos harineros, cuyo número aumenta frente a los aceiteros tras la conquista, cuando el cultivo del cereal cobra protagonismo en el Valle, y a partir de la desecación de la laguna de El Padul, que proporciona nuevas parcelas para este tipo de cultivos.

La mayoría de los molinos se concentran en los márgenes de los ríos, con mayor concentración en localidades como Dúrcal o Albuñuelas. Los situados en los núcleos de población siempre se encuentran asociados a las vías atravesadas por la red de acequias, como ocurre en la localidad de Nigüelas.

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Si sondeamos la presencia de instalaciones molinares en la comarca que se han conservado hasta nuestros días o de las que todavía nos quedan vestigios, resulta sorprendente la cantidad de construcciones que se pueden enumerar. Por desgracia, sólo un número escaso se han recuperado y puesto en valor.

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